Después de todo

Ha pasado un año desde que comenzamos a ser conscientes de lo que acontecía a nuestro alrededor y que poco a poco fue llegando hasta nosotros. El caos que trajo la pandemia, la incertidumbre, el miedo, las pérdidas… Dijimos que saldríamos más unidos y más fuertes de todo esto, pero 365 días después parece que nada ha cambiado realmente.

La inestabilidad se erige como palabra clave de todo este proceso, como consecuencia de las metas a corto, medio y largo plazo que se han ido postergando por los diferentes giros de guion. Esos giros de guion que nos han sacudido y trastocado cualquier plan A y plan B dejándonos en un mar de dudas cada vez más inmenso. Quizás el hastío que sentimos venga de la mano de todas esas promesas incumplidas que se han quedado en palabras desordenadas cuando la cruda realidad llamaba a la puerta para que al despertar viésemos que seguíamos dentro de la pesadilla.

Hemos arrimado el hombro, hemos cambiado nuestro modo de vida y nos hemos adaptado a eso que decidieron llamar “la nueva normalidad”, pero nos hemos dado cuenta de que lo que teníamos antes tampoco era “normalidad” porque estamos llenos de diversidad y es lo que nos hacía crecer a diario. Nos encariñamos de las costumbres que nos hacían evadirnos de las dificultades del día a día y por desgracia, algunas de ellas no han podido reinventarse para acompañarnos en esta nueva etapa.

Con la llegada de las vacunas, todo un gran avance en esta lucha, parecía que se empezaba a ver la luz al final del túnel y de hecho para algunos así lo está siendo. Sin embargo, las malas costumbres que teníamos antes, parecen que se han agravado y persisten a pesar de todo; intereses propios o económicos, poder, política, etc. han conseguido que deshumanicemos las cifras que siguen existiendo y que se conviertan en meros números estadísticos que no tienen que ver con nosotros porque ya no llevan nombres y apellidos.

¿Qué nos ha pasado?

La verdad es que pensábamos que la pandemia iba a desaparecer con el cambio de año y que las medidas se aliviarían para movernos libremente por el mundo y creo que aún no somos conscientes de que no estamos en igualdad de condiciones y que algunas medidas llegaron para quedarse durante bastante tiempo, no son un castigo como algunos piensan, sino un salvavidas que tenemos que aprender a usar si no lo hemos hecho ya.

Todos soñamos con el “cuando todo acabe”, hay días que lo vemos más cerca y otros en los que la incertidumbre se apodera de nosotros y no nos deja ver con claridad las pequeñas cosas que tenemos delante y que hacen que tirar para adelante nos libere del miedo. No estamos en el tiempo de descuento aún, pero os animo a seguir remando en este barco de remo que tuvimos que construir en cada balcón, cuando los aplausos eran nuestra única gasolina. Ahora tenemos más alicientes para seguir luchando, así que aguantemos el chaparrón si tiene que llover de nuevo, porque sí, porque vendrá el arcoíris y aquí estaremos para inmortalizarlo. Porque después de todo, seguimos aquí.

Me dejé

Dejé de jugar a fútbol porque la gente lo veía como un deporte de chicos y mis amigas no le encontraban interés salvo una de ellas con la que a veces pasaba el balón, pero esa rutina se fue perdiendo y cambiando por otros deportes “más femeninos” o más atractivos para el resto como el voleibol o las palas en la playa. 

Dejé de hacer gracietas 24/7 en modo vacile porque alguien se hartó y le cogí con el cable cruzado cuando me soltó: “ya está, illa (…) tú siempre igual”.

Dejé de juntarme con personas por otras personas.

Dejé de compartir lo que me gustaba porque a otra gente le saturaba.

Dejé de disfrutar cuando salía porque la responsabilidad caía encima mía y ponía el freno de mano.

Dejé de pensar que podía volar cuando me di cuenta de que mis alas estaban en un palacio de cristal.

Dejé partir al amor para no crear lazos emocionales con nadie y acabé atándome al recuerdo. 

[…]

Ahora que estoy aquí mirando al techo entre estas cuatro paredes maltrechas, me doy cuenta de que no dejé esas cosas, me dejé a mí misma al evitar continuar con lo que me hacía feliz anteponiendo el bienestar de otros a mi propia felicidad.

¡¿Y qué hago?!

Si el tiempo es una de las cosas que ya no vuelve jamás… ¿Cómo recupero todos esos momentos? ¿Cómo enmendar los errores y hallar la paz interior?

Tal vez ya sea hora de conectar los auriculares a mi corazón y escucharme a mí misma, hacer caso omiso a lo que en el pasado le restó credibilidad a mi raciocinio y empezar a poner mi verdad sobre la mesa. Construyendo desde abajo, pero firme. Y aunque intenten tambalear las piezas, moverlas de lugar, haré todo lo posible para que esta nueva torre no puedan destrozar.

Se pinchó la rosa

Tal vez nos equivocamos, pero qué bueno fue que nos arriesgamos. Somos canciones que disfrazan nuestras contradicciones, sin año ni lugar en el calendario. Dispuestas a sonar en cualquier bar. Puede que sea allí donde se esconda el ruido del desconcierto. Donde la melancolía consuele a la memoria volviendo loca a esta alma mía que nos toca. Nos llama la sinrazón aportando la solución, no sé cómo entenderla, ni siquiera sé si debo abrirle la puerta, no me pidas más… yo solo sigo al viento.

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Micromomentos #6

¿Y qué si tiene fecha de caducidad? Si lo que vivimos en esta burbuja es ahora nuestra realidad. Sin reloj y al compás de mis latidos, te fuiste metiendo sin hacer ruido. De igual a igual… pero yo siempre quise más.

He aprendido quién soy caminando de tu mano, no he perdido el tiempo por mucho que me digan, ha sido la mejor inversión de mi vida. Me dan igual los kilómetros, las distancias compartidas, los silencios que gritan bienvenida, los rostros que te nombran siempre a medias dividida…

En cada estación una nueva despedida.

Successful

¿Qué es el éxito?

Supongo que todos en algún momento de nuestra vida nos hemos hecho esta pregunta, sobre todo en una época en la que sentíamos que no avanzábamos y que todo el mundo de nuestro alrededor nos comenzaba a adelantar por la derecha e incluso por la izquierda sin tener siquiera tiempo de reacción.

Sentirnos estancados y poco realizados nos llena de inseguridades que nos conducen al error: compararnos con los demás. Nos pasamos la vida intentando cumplir nuestros sueños, tropezando con miles de piedras, cayendo y sufriendo con cada puerta que se cierra delante de nuestras narices, y cuando vemos que alguien lo consigue aparentemente sin el mínimo esfuerzo nos sentimos los más fracasados del planeta. Olvidamos todo el camino recorrido y alargamos el poco trayecto que nos queda para plantar la bandera en la cima.

Puede que la sociedad y la constante lucha por la supervivencia en un sistema en el que siempre se ha fomentado la jerarquía y no la equidad nos haya llevado a esta vorágine de sentimientos contradictorios; la envidia sana por que a un amigo le vaya bien en lo que tanto lleva trabajando, los celos por aquel desconocido que consigue a la primera tu puesto de trabajo y el sentimiento de frustración propia.

La verdad es que estos sentimientos derivan de un profundo desconocimiento de la realidad y de la influencia de los prejuicios. Llevamos siempre un embudo a cuestas cargado de «yoísmo» por el que nuestros problemas serán sin duda los más grandes del mundo y no seremos capaces de ver que tal vez nuestro vecino esté en la misma situación o que incluso su camino sea más complejo que el nuestro pero que cuyas circunstancias personales o profesionales no conocemos, solamente nos fijamos en el resultado; en ese cuadro enmarcado en la pared, en el trofeo más reluciente de la vitrina, en la foto de portada de su perfil de Facebook donde tan feliz se le ve, etc.

No somos capaces de ver que donde la luz alumbra hoy, puede que un día también formase parte de la oscuridad de las bambalinas donde ni los operarios sabían que existía; pero claro, esa parte no suele mostrarse nunca ni guardarse como oro en paño. Ahí está el gran error del concepto más extendido del éxito.

El éxito no se trata de resultados, sino de todo el proceso que te ha llevado hasta ahí. El éxito no da ni quita la razón a las cosas, el éxito es hacerlas y cada uno tenemos un éxito personal y diferente. Es más, el éxito se mide por tu camino, no por mirar el de los demás. Para alguien el éxito puede ser trabajar en lo que le gusta y ganar mucho dinero y para otro poder estar en casa tranquilamente viendo una película un domingo por la tarde con su familia; o tener el coraje de afrontar el miedo a las alturas para coger un avión cada fin de semana y descubrir un lugar diferente; o conseguir la aprobación de un familiar que no apostaba por tu talento…

Estamos tan acostumbrados a hablar de lo que podemos ver o tocar que aquello que no es perceptible al ojo humano y va más allá de un objeto o reconocimiento público lo pasamos por alto y pensamos que porque alguien dedicado a la vida pública deje de aparecer en televisión ya ha pasado a ser un juguete roto, pero nada más lejos de la realidad, puede que esté ganándose la vida en otro sub-sector que le permite ser feliz y ahí, haciendo lo que le gusta de una manera más humilde a la visión de la farándula, reside su éxito.

No se trata de encasillar a alguien por los triunfos cosechados, sino de valorar las veces que ha sabido levantarse después de cada «no» y ha seguido adelante aunque aún no haya llegado a la meta fijada. Cada día está más cerca de ella, pero no lo sabe y tal vez piense que vive en una tormenta constante, sin embargo, cuando menos se lo espere, un arcoiris brotará de la aparente nada y una calma le inundará como si de un alivio se tratase… solo es cuestión de esperar, tener claras tus ideas y no tirar nunca la toalla.

Nosotros mismos nos ponemos los límites y nosotros mismos podemos superarlos. Ser feliz, a nuestra manera, no hacen falta más etiquetas.

Mamá

Tal vez el domingo de hoy esté plagado de flores y collares de macarrones en muchos hogares españoles. Desayunos orquestados por los más pequeños de la casa y dibujos o cartas escrita a mano como guinda de la jornada.

Hoy es el día de las protagonistas de nuestras vidas, hoy es el día de las que crearon un vínculo con nosotros antes de conocer lo que hoy llamamos vida real. Las mujeres que nos dieron la vida y que siempre estuvieron y estarán ahí sin condiciones y sin medida. Gracias por tanto, queridas madres.

No soy una persona que se deja guiar por el calendario, pero la verdad es que el día de hoy merece un post en su honor. Porque una de las razones por las que escribo tiene su origen en un día de la madre. Recuerdo que una vez llegué a casa del colegio con una poesía escrita en un trozo de papel rectangular y un pequeño dibujo, decía así:

Mi mamá es tan guapita, como una rosita, recién cortadita y regadita.

No era nada del otro mundo, pero fue especial y significativo por la fecha. Cuando vi que ese pequeño trozo de papel acabó en primera plana en la puerta del frigorífico a modo de trofeo, me hizo una ilusión tremenda, ya veis, con qué facilidad conseguían hacernos felices unos pequeños detalles en nuestra infancia.

Años más tarde y creo que ya tenía empezado mi antiguo blog de la adolescencia, le escribí un soneto que acabó enmarcado. Tal vez parezca una tontería, pero pensad que perfectamente lo podría haber guardado en una carpeta para desempolvarlo con el tiempo junto con otros recuerdos, pero no. Lo quería mostrar al mundo.

Y fue entonces cuando me di cuenta de que escribir iba a ser más que un hobby terapéutico para mí, que iba en serio y que tal vez el resto del mundo también querría compartirlo, de ahí que aquel blog empezase a llegar a más gente.

Así que gracias, mamá, por impulsarme de manera indirecta a seguir con mi sueño de ser escritora, gracias entre muchas otra cosas, pero sobre todo, gracias por ser mi madre. Te quiero.

 

Miedo

El miedo es la reacción física y psicológica de la consciencia a un peligro.

Se puede no tener miedo aunque se haya estado al borde de un verdadero peligro o tener miedo, aunque el peligro no esté más que en nuestra imaginación y no sea real.

Por cuentos populares se ha asociado el tener miedo como algo negativo, propio de los cobardes, pero creo que el reconocer que se tiene miedo es de las cosas más valientes que puede hacer el ser humano. Eso y el pedir ayuda, son acciones casi impensables para la mayoría de la población, que o bien por no molestar o bien por sentirse superior al resto, esconden esos sentimientos que no hacen más que alejarles de la realidad.

Miedo al hombre del saco

Miedo a la oscuridad

Miedo a la soledad

Miedo a la verdad

Miedo al rechazo

Miedo al amor

Miedo al dolor

Miedo a volar

Miedo a la distancia

Miedo al vivir de puntillas

Miedo a que te cierren las salidas

Miedo a uno mismo

(…)

Tal vez lo desconocido sea lo más aterrador para algunos, el encontrarse ante una hoja de ruta convertida en un rompecabezas sin manual de instrucciones. Sentir que estás en una época de preguntas constante y no saber cuándo llegarán las respuestas.

¿Quién eres tú? ¿Estás viviendo la vida que te gustaría vivir? ¿Eres feliz?

Muchas veces tenemos que ocultar una parte de nuestra vida por miedo a la no-aceptación o por intentar no herir a alguien porque ya sabemos su postura y su ideología y “con tal de no discutir” preferimos callarnos y aguardar el día en el que podamos derribar los hierros de la jaula que nos oprime y aprender a volar en nuestra nueva libertad. Pero he de deciros que no sabemos cuándo llegará ese día y tal vez la espera no merezca la pena porque habremos dejado mil oportunidades escapar… Dicen que todo lo que deja de esconderse ya no da miedo, la simple naturalización es capaz de neutralizar al miedo y acercarnos un poco más a la felicidad.

No hay por qué buscarle más pies al gato, es todo mucho más fácil. No es malo tener miedo, lo malo es que el miedo se adueñe de nosotros y nos impida hacer lo que realmente nos hace feliz, así que, aceptemos que lo tenemos y hagamos lo más fácil para relativizarlo. Seamos valientes.