Está bien no estar bien

El pasado domingo fue el Día de la Salud Mental (10/10). He dudado mucho sobre cómo titular esta entrada, pero creo que el está bien no estar bien recoge a la perfección lo que me gustaría expresar. A veces ocultamos nuestras emociones, las negamos, no la sentimos como propias, las intentamos invalidar o nos las intentan invalidar porque no es tan grave lo que nos pasa, hay cosas peores… llegando incluso hasta a dudar de nosotros mismos.

Ir a terapia siempre se ha considerado algo tabú, una cosa a la que van los que están enfermos, a la que la gente “normal” no puede ir porque reconocería que algo malo le pasa, pero al igual que vamos al médico cuando algo nos duele, también deberíamos ir al psicólogo para que nos ordene la cabeza.

Y es que al final deberíamos hablar más de lo que nos pasa por la mente, quitarnos prejuicios y eliminar tabúes… no es malo reconocer que hay días en los que no puedes más igual que hay otros en los que quieres comerte el mundo y los compartes con quien sea, ¿por qué reímos acompañados y lloramos solos?

La Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social. Esto nos lleva a decir que no hay salud sin salud mental.

Me gustaría recoger en este post 5 puntos sobre la salud mental que Nacho Roura (divulgador de neurociencia y psicología) ha publicado en su instagram ( https://www.instagram.com/tv/CUvK7pNIsZT/?utm_medium=copy_link ).

1.- La salud mental es social.

2.- Un trastorno mental no es algo que tú tengas o algo que te pase, ni siquiera es algo que te defina. No podemos dejarnos llevar por las etiquetas.

3.- El abordaje de los problemas de la salud mental no puede ser exclusivamente farmacológico ni psicológico, sino más bien de tipo educativo y social.

4.- Huyamos de patologizar lo cotidiano. Nuestras emociones tanto las desagradables como las agradables nos han ayudado a sobrevivir como especie. Es normal sufrir tristeza en una ruptura, por ejemplo. Hay que aprender cómo funciona nuestra cabeza y saber identificar nuestras emociones.

5.- Son necesarias más plazas PIR, nuevas especialidades y la incorporación inmediata de profesionales de psicología a atención primaria en todas las comunidades.

¿Qué le diríais a vuestro “yo” adolescente sobre este día y todo lo que conlleva? En Aprendemos Juntos de BBVA han organizado una charla con ellos para hablar sobre salud mental que he considerado interesante incluir en este post, espero la disfrutéis.

Eres un/a valiente, que no se te olvide.

Existe una plataforma online de terapia que se llama TherapyChat en la que cuentan con psicólogos colegiados especializados en varios temas como la ansiedad, depresión, desarrollo personal, ámbito social/familiar, etc. Puedes tener una primera sesión gratuita personalizada para probar de 60 minutos. Os dejo en enlace por si os interesa: https://therapychat.com/es-es/

Después de todo

Ha pasado un año desde que comenzamos a ser conscientes de lo que acontecía a nuestro alrededor y que poco a poco fue llegando hasta nosotros. El caos que trajo la pandemia, la incertidumbre, el miedo, las pérdidas… Dijimos que saldríamos más unidos y más fuertes de todo esto, pero 365 días después parece que nada ha cambiado realmente.

La inestabilidad se erige como palabra clave de todo este proceso, como consecuencia de las metas a corto, medio y largo plazo que se han ido postergando por los diferentes giros de guion. Esos giros de guion que nos han sacudido y trastocado cualquier plan A y plan B dejándonos en un mar de dudas cada vez más inmenso. Quizás el hastío que sentimos venga de la mano de todas esas promesas incumplidas que se han quedado en palabras desordenadas cuando la cruda realidad llamaba a la puerta para que al despertar viésemos que seguíamos dentro de la pesadilla.

Hemos arrimado el hombro, hemos cambiado nuestro modo de vida y nos hemos adaptado a eso que decidieron llamar “la nueva normalidad”, pero nos hemos dado cuenta de que lo que teníamos antes tampoco era “normalidad” porque estamos llenos de diversidad y es lo que nos hacía crecer a diario. Nos encariñamos de las costumbres que nos hacían evadirnos de las dificultades del día a día y por desgracia, algunas de ellas no han podido reinventarse para acompañarnos en esta nueva etapa.

Con la llegada de las vacunas, todo un gran avance en esta lucha, parecía que se empezaba a ver la luz al final del túnel y de hecho para algunos así lo está siendo. Sin embargo, las malas costumbres que teníamos antes, parecen que se han agravado y persisten a pesar de todo; intereses propios o económicos, poder, política, etc. han conseguido que deshumanicemos las cifras que siguen existiendo y que se conviertan en meros números estadísticos que no tienen que ver con nosotros porque ya no llevan nombres y apellidos.

¿Qué nos ha pasado?

La verdad es que pensábamos que la pandemia iba a desaparecer con el cambio de año y que las medidas se aliviarían para movernos libremente por el mundo y creo que aún no somos conscientes de que no estamos en igualdad de condiciones y que algunas medidas llegaron para quedarse durante bastante tiempo, no son un castigo como algunos piensan, sino un salvavidas que tenemos que aprender a usar si no lo hemos hecho ya.

Todos soñamos con el “cuando todo acabe”, hay días que lo vemos más cerca y otros en los que la incertidumbre se apodera de nosotros y no nos deja ver con claridad las pequeñas cosas que tenemos delante y que hacen que tirar para adelante nos libere del miedo. No estamos en el tiempo de descuento aún, pero os animo a seguir remando en este barco de remo que tuvimos que construir en cada balcón, cuando los aplausos eran nuestra única gasolina. Ahora tenemos más alicientes para seguir luchando, así que aguantemos el chaparrón si tiene que llover de nuevo, porque sí, porque vendrá el arcoíris y aquí estaremos para inmortalizarlo. Porque después de todo, seguimos aquí.

Rotondas

El otro día iba conduciendo de camino a la playa cuando una frase procedente de una tertulia de la radio que tenía puesto mi copiloto interrumpió mis pensamientos… “los círculos no conducen a nada“. Qué capricho del destino fue escuchar esta frase cuando estábamos a punto de entrar en una rotonda, ¿eh?

Pues allí estábamos, a punto de entrar en ese círculo abierto esperando nuestra oportunidad, sí, nuestra oportunidad, porque no sé si lo sabéis pero a veces las rotondas se vuelven un tanto complicadas y es que la gente parece que ha olvidado que la carretera es de todos y que las prisas no son buenas consejeras al volante. También ocurre que cuando entras en una rotonda, no sabes muy bien cómo vas a salir por mucho que lo intentes señalizar a través del intermitente ya que parece que los otros conductores se saltan a la torera las normas de circulación y entran y salen como quieren; haciendo pantalla al de al lado, cruzándose de un extremo a otro, saliendo cuando otro coche está a punto de arrollarle… en fin, qué os puedo contar, un sinfín de imprudencias que hace que te replantees si realmente fue buena idea seguir ese itinerario lleno de rotondas pero que agilizaba tu viaje. 

Las rotondas también reciben el nombre de glorietas, podríamos decir que es para aquellos conductores que consiguen superarlas con éxito como si alcanzaran un pedacito de la gloria de la carretera. Y es que parece que a veces tenemos que recurrir a estrategias pueriles para comportarnos como seres civilizados, es decir, explicar mediante dibujos, recompensar lo que está bien hecho cuando se debería dar por hecho… así que ya que no está de más, me gustaría recordar cómo debemos circular en las glorietas a través de esta imagen: 

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Comenzaba mi relato con aquella frase de que los círculos no llevan a ninguna parte y al final hemos acabado dando unas pinceladas de teoría de conducir. No obstante, no quisiera terminar esta entrada sin profundizar un poco en esa frase que sacudió nuestra paz aquel día de playa. 

Puede que sea cierto, que los círculos no conduzcan a nada, que acabemos entrando en un bucle sin final y que no nos deje prosperar, pero puede que también esas vueltas nos hagan replantearnos muchas cosas y por qué no… si la vida da muchas vueltas, también creo que es necesario reconocer que qué vida dan esas vueltas a veces. ¿Cuántas veces has entrado en una rotonda y has acabado dando más de una vuelta completa porque no te aclarabas con el GPS y la salida que tenías que tomar? Hasta que al final, después de admirar el paisaje que tienes delante y que ya casi te sabes de memoria, te atreves a desafiar al mapa virtual y seguir con tu viaje.

¿Y si todos los círculos terminasen siendo rotondas? Que cada vez que nuestro pensamiento acabe encerrándose en un bucle sin salida, pudiéramos darle la vuelta a la situación abriendo ese círculo por varias partes, hasta convertirlo en nuestra glorieta favorita, esa con múltiples salidas y todas válidas. Que después de sopesar tanto una idea sea la brújula perfecta para indicarte el camino que siempre has querido recorrer, que no importen los baches ni las imprudencias del contrario, que tú llegarás sano y salvo a tu destino.


Recuerda que no llegarás tarde por muy cuesta arriba que parezca la pendiente y tengas que reducir la marcha… llegarás justo a tu tiempo.

Pdta.: Precaución, mi amigo conductor.

Micromomentos #7

La única manera de salir de un túnel es atravesándolo, aunque eso suponga tener que andar en la oscuridad.

A veces, por mucho que lo intentes no hay manera de seguir el túnel; da igual lo que sacrifiques si temes que no va a salir bien, puedes optar por sonreír y conservar la ilusión, pero si la has perdido sabes que es casi imposible recuperarla.

Quien diga que siempre hay una luz al final del túnel, miente. A veces no hay luz, no hay salida… todo se nubla y te inmovilizas ante el miedo.

De repente, tras el silencio, el eco se abre paso… empiezas a reconocer una extraña melodía que se acerca aunque no puedas verla… esa canción que nunca olvidarías llega para devolverte la esperanza.

La música no se para, el ruido recorre los pasillos que se van encendiendo al son del compás… y de pronto una voz cálida que nos invita a seguir adelante: “Bienvenido a la estación, sus trenes le aguardan“.

Me dejé

Dejé de jugar a fútbol porque la gente lo veía como un deporte de chicos y mis amigas no le encontraban interés salvo una de ellas con la que a veces pasaba el balón, pero esa rutina se fue perdiendo y cambiando por otros deportes “más femeninos” o más atractivos para el resto como el voleibol o las palas en la playa. 

Dejé de hacer gracietas 24/7 en modo vacile porque alguien se hartó y le cogí con el cable cruzado cuando me soltó: “ya está, illa (…) tú siempre igual”.

Dejé de juntarme con personas por otras personas.

Dejé de compartir lo que me gustaba porque a otra gente le saturaba.

Dejé de disfrutar cuando salía porque la responsabilidad caía encima mía y ponía el freno de mano.

Dejé de pensar que podía volar cuando me di cuenta de que mis alas estaban en un palacio de cristal.

Dejé partir al amor para no crear lazos emocionales con nadie y acabé atándome al recuerdo. 

[…]

Ahora que estoy aquí mirando al techo entre estas cuatro paredes maltrechas, me doy cuenta de que no dejé esas cosas, me dejé a mí misma al evitar continuar con lo que me hacía feliz anteponiendo el bienestar de otros a mi propia felicidad.

¡¿Y qué hago?!

Si el tiempo es una de las cosas que ya no vuelve jamás… ¿Cómo recupero todos esos momentos? ¿Cómo enmendar los errores y hallar la paz interior?

Tal vez ya sea hora de conectar los auriculares a mi corazón y escucharme a mí misma, hacer caso omiso a lo que en el pasado le restó credibilidad a mi raciocinio y empezar a poner mi verdad sobre la mesa. Construyendo desde abajo, pero firme. Y aunque intenten tambalear las piezas, moverlas de lugar, haré todo lo posible para que esta nueva torre no puedan destrozar.

Successful

¿Qué es el éxito?

Supongo que todos en algún momento de nuestra vida nos hemos hecho esta pregunta, sobre todo en una época en la que sentíamos que no avanzábamos y que todo el mundo de nuestro alrededor nos comenzaba a adelantar por la derecha e incluso por la izquierda sin tener siquiera tiempo de reacción.

Sentirnos estancados y poco realizados nos llena de inseguridades que nos conducen al error: compararnos con los demás. Nos pasamos la vida intentando cumplir nuestros sueños, tropezando con miles de piedras, cayendo y sufriendo con cada puerta que se cierra delante de nuestras narices, y cuando vemos que alguien lo consigue aparentemente sin el mínimo esfuerzo nos sentimos los más fracasados del planeta. Olvidamos todo el camino recorrido y alargamos el poco trayecto que nos queda para plantar la bandera en la cima.

Puede que la sociedad y la constante lucha por la supervivencia en un sistema en el que siempre se ha fomentado la jerarquía y no la equidad nos haya llevado a esta vorágine de sentimientos contradictorios; la envidia sana por que a un amigo le vaya bien en lo que tanto lleva trabajando, los celos por aquel desconocido que consigue a la primera tu puesto de trabajo y el sentimiento de frustración propia.

La verdad es que estos sentimientos derivan de un profundo desconocimiento de la realidad y de la influencia de los prejuicios. Llevamos siempre un embudo a cuestas cargado de «yoísmo» por el que nuestros problemas serán sin duda los más grandes del mundo y no seremos capaces de ver que tal vez nuestro vecino esté en la misma situación o que incluso su camino sea más complejo que el nuestro pero que cuyas circunstancias personales o profesionales no conocemos, solamente nos fijamos en el resultado; en ese cuadro enmarcado en la pared, en el trofeo más reluciente de la vitrina, en la foto de portada de su perfil de Facebook donde tan feliz se le ve, etc.

No somos capaces de ver que donde la luz alumbra hoy, puede que un día también formase parte de la oscuridad de las bambalinas donde ni los operarios sabían que existía; pero claro, esa parte no suele mostrarse nunca ni guardarse como oro en paño. Ahí está el gran error del concepto más extendido del éxito.

El éxito no se trata de resultados, sino de todo el proceso que te ha llevado hasta ahí. El éxito no da ni quita la razón a las cosas, el éxito es hacerlas y cada uno tenemos un éxito personal y diferente. Es más, el éxito se mide por tu camino, no por mirar el de los demás. Para alguien el éxito puede ser trabajar en lo que le gusta y ganar mucho dinero y para otro poder estar en casa tranquilamente viendo una película un domingo por la tarde con su familia; o tener el coraje de afrontar el miedo a las alturas para coger un avión cada fin de semana y descubrir un lugar diferente; o conseguir la aprobación de un familiar que no apostaba por tu talento…

Estamos tan acostumbrados a hablar de lo que podemos ver o tocar que aquello que no es perceptible al ojo humano y va más allá de un objeto o reconocimiento público lo pasamos por alto y pensamos que porque alguien dedicado a la vida pública deje de aparecer en televisión ya ha pasado a ser un juguete roto, pero nada más lejos de la realidad, puede que esté ganándose la vida en otro sub-sector que le permite ser feliz y ahí, haciendo lo que le gusta de una manera más humilde a la visión de la farándula, reside su éxito.

No se trata de encasillar a alguien por los triunfos cosechados, sino de valorar las veces que ha sabido levantarse después de cada «no» y ha seguido adelante aunque aún no haya llegado a la meta fijada. Cada día está más cerca de ella, pero no lo sabe y tal vez piense que vive en una tormenta constante, sin embargo, cuando menos se lo espere, un arcoiris brotará de la aparente nada y una calma le inundará como si de un alivio se tratase… solo es cuestión de esperar, tener claras tus ideas y no tirar nunca la toalla.

Nosotros mismos nos ponemos los límites y nosotros mismos podemos superarlos. Ser feliz, a nuestra manera, no hacen falta más etiquetas.

Tempus fugit

Recuerdo cuando tuve que estudiar en mis años de instituto los tópicos literarios tempus fugit, carpe diem, locus amoenus, collige virgo rosas… en las asignaturas de Lengua y Literatura Universal. Una lista que me aprendía de memoria con la intención de aprobar un examen y sin ni siquiera prestarle demasiada atención al significado de cada expresión más allá de una pregunta de examen. Simplemente eran objeto de estudio de la época que memorizabas y soltabas de carrerilla en el examen y probablemente olvidabas con el tiempo… Porque desgraciadamente así ha funcionado nuestro “ideal” sistema educativo, donde prima más seguir subiendo escalones que el aprendizaje de cada movimiento y que según el funcionamiento de tu memoria calarían más hondo o no en ti esos fundamentos teóricos.

No obstante, con el tiempo te vas dando cuenta de que algunos de esos tópicos no eran meras expresiones que vomitar en un examen, sino que tienen un trasfondo real que se puede comparar con nuestro día a día; llegando a ser muy útiles de manera filosófica y reflexiva.

¿Por qué «tempus fugit»?

Digamos que nos encontramos en una etapa de cambios. En una etapa de introspección. De conocimiento de uno mismo y análisis de lo que se quiere y de lo que no se quiere en la vida. Porque a veces es más complicado definir lo que no queremos que lo que sí queremos.

Siempre dicen que para querer a otra persona en términos de pareja hay que aprender a quererse a uno mismo, la famosa autoestima. Pues bien, esta vez la cosa va más allá del amor propio, es una conexión con la razón que pocas veces queremos escuchar. El dilema de nuestra rutina. El qué hacemos con nuestras vidas cuando el reloj de arena se va quedando sin granos.

He aprendido que la mejor opción que se puede elegir es la de aprovechar esos granos para atascar el reloj y parar el tiempo. Crear un castillo de arena con los restantes y olvidarse del tic-tac por un momento. En este tiempo me he dado cuenta que el tiempo, valga la redundancia, se me ha escapado cada vez que me comparaba con los demás. Estaba más pendiente en ver lo que conseguían otros que en valorar lo que yo misma había conseguido sin ayuda de nadie y que al fin y al cabo desmerecía porque no era lo que todos acababan haciendo y era lo estipulado.

La vida me ha enseñado que eso es lo que fomentaba el tempus fugit, el pensar que las respuestas a mis preguntas me las daría el vecino cuando el principio y el fin quedan definidos si yo lo digo. Solamente yo puedo decidir sobre mi destino y el aprender a conocer mis límites y mis ambiciones me ha ayudado a entender que el tiempo es único e individual. A pesar de compartir o lamentar franjas horarias, existe un tiempo que los relojes no pueden manejar, el de nuestro corazón.

Ahora es el momento de poner las agujas al compás de los latidos y que la razón tome partido porque nosotros mismos somos el equipo que lo dará todo hasta en el tiempo de descuento. Quien celebrará las victorias, pero quien también tendrá la cabeza alta en las derrotas.

Ahora es nuestro momento.

Micromomentos #3

Huyendo del ruido de la multitud, de los focos que arrojaban luz a todo aquel que quisiera su minuto de gloria. Vi un mundo lleno de artificios que parecía pintarlo todo de color, pero no hacía más que enmascarar una realidad paralela: el talento que se esconde en bambalinas. Los silencios que inundan estadios. Las miradas con los ojos cerrados. El respirar. Decidí quitarme los zapatos que tantos caminos me hicieron señalar para volver a sentir el calor de la vida andando de puntillas, sin luces ni purpurinas, esperando que en alguna superficie mi huella no se diera por perdida.

¿Y si…?

17 de agosto de 2017

Un día como otro cualquiera hasta que el mundo se detiene a las cinco y media de la tarde cuando empiezas a recibir noticias de que una furgoneta ha arrollado a varios viandantes en las Ramblas de Barcelona.

Poco a poco se va ampliando la información y conociendo los detalles… un nuevo ataque terrorista. Inevitablemente el desconcierto y el miedo ante la vulnerabilidad nos hacen cuestionarnos todo: ¿por qué? ¿hasta cuándo? ¿qué podemos hacer? (…) Desgraciadamente no son hechos aislados en el sentido de que a diario en diferentes partes del mundo se sucede la barbarie, pero el ser humano está tan ocupado mirando su propio ombligo que hasta que no le sopla el viento en la cara no es capaz de levantar la vista para ver qué sucede a su alrededor.

Triste, muy triste que estés disfrutando de un paseo pensando en si encontrarás esas zapatillas en tu tienda de deporte favorita o si la cita a ciegas que te prepararon tus amigos saldrá a pedir de boca y de repente… en un segundo se te escape la vida… O tal vez, ese día se te olvidó coger las llaves del coche antes de salir de casa y volviste a entrar y esos cinco minutos de contratiempo te salvaron la vida.

Pero… ¿y si te toca? ¿y si ese día te despiertas pensando en que puede ser un gran día o amaneces con esa cara de gruñón porque el despertador no ha dejado de sonar y aún así llegas tarde y lo único que quieres es correr para evitar que tu jefe te eche la bronca? ¿y si deja de importar si llegas tarde o no porque algo interrumpe tu rutina de forma desagradable y todo se detiene, y tal vez, para siempre?

Hoy en día con las redes sociales empleamos tanto tiempo en intentar transmitir en vivo la función de nuestra vida que nos olvidamos de vivirla. Cuando ves que niños pequeños estaban en el momento equivocado en el lugar de un infortunio de unas magnitudes como estas, te replanteas si de verdad estás viviendo la vida que quieres vivir y si realmente el mundo se parase para ti, ¿estarías satisfecho con lo vivido?

Cuántas conversaciones habremos dejado reproduciéndose en nuestra cabeza por miedo a que el temblor de nuestros labios provocara una interacción inesperada en nuestros interlocutores. Cuántas discusiones absurdas que se podrían haber evitado si nuestra cabezonería no nos hubiese nublado la razón. Cuántos sueños por cumplir. Cuántos besos y abrazos que sentimos que no dimos con suficiente intensidad por estar acostumbrados a vernos a diario. Cuántas canciones que sonaban en la radio que se quedaron esperando una dedicatoria… Cuántas cosas… cuánto amor… cuánta vida…

Pero la verdad es que nadie se olvida aunque no esté físicamente con nosotros si sigue vivo en nuestros corazones. Y a pesar de todo, las lecciones de vida y las ilusiones de seguir adelante que transmitían vuestras ganas de vivir son los motivos por los que merece seguir sonriendo a la vida y ganar la batalla al odio con muchísimo más amor.

La rapidez de los cuerpos de seguridad, nuestra sanidad pública y la solidaridad de nuestro país, son el claro ejemplo de que tenemos más cosas que nos unen que las que nos desunen y que ante la adversidad somos los primeros en darnos la mano dejando las diferencias atrás. ¿Por qué esperar a una catástrofe para dar ejemplo? ¿Por qué no engrandecer lo que nos une y dejar a un lado las polémicas que no nos llevan a nada más que a conversaciones de besugos?

 

Juntos, molamos más.

 

Todo mi apoyo a los familiares de las víctimas y a la ciudad de Barcelona. Gracias eternas a los que velan por nuestra seguridad y a los que nos cuidan. #NoTincPor 

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Plaça d’Europa, 2014