Me dejé

Dejé de jugar a fútbol porque la gente lo veía como un deporte de chicos y mis amigas no le encontraban interés salvo una de ellas con la que a veces pasaba el balón, pero esa rutina se fue perdiendo y cambiando por otros deportes “más femeninos” o más atractivos para el resto como el voleibol o las palas en la playa. 

Dejé de hacer gracietas 24/7 en modo vacile porque alguien se hartó y le cogí con el cable cruzado cuando me soltó: “ya está, illa (…) tú siempre igual”.

Dejé de juntarme con personas por otras personas.

Dejé de compartir lo que me gustaba porque a otra gente le saturaba.

Dejé de disfrutar cuando salía porque la responsabilidad caía encima mía y ponía el freno de mano.

Dejé de pensar que podía volar cuando me di cuenta de que mis alas estaban en un palacio de cristal.

Dejé partir al amor para no crear lazos emocionales con nadie y acabé atándome al recuerdo. 

[…]

Ahora que estoy aquí mirando al techo entre estas cuatro paredes maltrechas, me doy cuenta de que no dejé esas cosas, me dejé a mí misma al evitar continuar con lo que me hacía feliz anteponiendo el bienestar de otros a mi propia felicidad.

¡¿Y qué hago?!

Si el tiempo es una de las cosas que ya no vuelve jamás… ¿Cómo recupero todos esos momentos? ¿Cómo enmendar los errores y hallar la paz interior?

Tal vez ya sea hora de conectar los auriculares a mi corazón y escucharme a mí misma, hacer caso omiso a lo que en el pasado le restó credibilidad a mi raciocinio y empezar a poner mi verdad sobre la mesa. Construyendo desde abajo, pero firme. Y aunque intenten tambalear las piezas, moverlas de lugar, haré todo lo posible para que esta nueva torre no puedan destrozar.

Successful

¿Qué es el éxito?

Supongo que todos en algún momento de nuestra vida nos hemos hecho esta pregunta, sobre todo en una época en la que sentíamos que no avanzábamos y que todo el mundo de nuestro alrededor nos comenzaba a adelantar por la derecha e incluso por la izquierda sin tener siquiera tiempo de reacción.

Sentirnos estancados y poco realizados nos llena de inseguridades que nos conducen al error: compararnos con los demás. Nos pasamos la vida intentando cumplir nuestros sueños, tropezando con miles de piedras, cayendo y sufriendo con cada puerta que se cierra delante de nuestras narices, y cuando vemos que alguien lo consigue aparentemente sin el mínimo esfuerzo nos sentimos los más fracasados del planeta. Olvidamos todo el camino recorrido y alargamos el poco trayecto que nos queda para plantar la bandera en la cima.

Puede que la sociedad y la constante lucha por la supervivencia en un sistema en el que siempre se ha fomentado la jerarquía y no la equidad nos haya llevado a esta vorágine de sentimientos contradictorios; la envidia sana por que a un amigo le vaya bien en lo que tanto lleva trabajando, los celos por aquel desconocido que consigue a la primera tu puesto de trabajo y el sentimiento de frustración propia.

La verdad es que estos sentimientos derivan de un profundo desconocimiento de la realidad y de la influencia de los prejuicios. Llevamos siempre un embudo a cuestas cargado de «yoísmo» por el que nuestros problemas serán sin duda los más grandes del mundo y no seremos capaces de ver que tal vez nuestro vecino esté en la misma situación o que incluso su camino sea más complejo que el nuestro pero que cuyas circunstancias personales o profesionales no conocemos, solamente nos fijamos en el resultado; en ese cuadro enmarcado en la pared, en el trofeo más reluciente de la vitrina, en la foto de portada de su perfil de Facebook donde tan feliz se le ve, etc.

No somos capaces de ver que donde la luz alumbra hoy, puede que un día también formase parte de la oscuridad de las bambalinas donde ni los operarios sabían que existía; pero claro, esa parte no suele mostrarse nunca ni guardarse como oro en paño. Ahí está el gran error del concepto más extendido del éxito.

El éxito no se trata de resultados, sino de todo el proceso que te ha llevado hasta ahí. El éxito no da ni quita la razón a las cosas, el éxito es hacerlas y cada uno tenemos un éxito personal y diferente. Es más, el éxito se mide por tu camino, no por mirar el de los demás. Para alguien el éxito puede ser trabajar en lo que le gusta y ganar mucho dinero y para otro poder estar en casa tranquilamente viendo una película un domingo por la tarde con su familia; o tener el coraje de afrontar el miedo a las alturas para coger un avión cada fin de semana y descubrir un lugar diferente; o conseguir la aprobación de un familiar que no apostaba por tu talento…

Estamos tan acostumbrados a hablar de lo que podemos ver o tocar que aquello que no es perceptible al ojo humano y va más allá de un objeto o reconocimiento público lo pasamos por alto y pensamos que porque alguien dedicado a la vida pública deje de aparecer en televisión ya ha pasado a ser un juguete roto, pero nada más lejos de la realidad, puede que esté ganándose la vida en otro sub-sector que le permite ser feliz y ahí, haciendo lo que le gusta de una manera más humilde a la visión de la farándula, reside su éxito.

No se trata de encasillar a alguien por los triunfos cosechados, sino de valorar las veces que ha sabido levantarse después de cada «no» y ha seguido adelante aunque aún no haya llegado a la meta fijada. Cada día está más cerca de ella, pero no lo sabe y tal vez piense que vive en una tormenta constante, sin embargo, cuando menos se lo espere, un arcoiris brotará de la aparente nada y una calma le inundará como si de un alivio se tratase… solo es cuestión de esperar, tener claras tus ideas y no tirar nunca la toalla.

Nosotros mismos nos ponemos los límites y nosotros mismos podemos superarlos. Ser feliz, a nuestra manera, no hacen falta más etiquetas.

Al volver a casa quiero ser libre, no valiente

Ayer asistí a una concentración en Sevilla que mostraba la repulsa por la puesta en libertad bajo fianza de los 5 miembros de La Manada. No voy a entrar en muchos detalles sobre el caso porque el post de hoy no quiere volver hacerlos protagonistas a ellos, sino a ellas, pero creo que es necesario un brevísimo resumen para poneros en antecedentes:

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22 de Junio de 2018 – Manifestación contra la puesta en libertad bajo fianza de la Manada.

Cinco individuos sevillanos que en los San Fermines de 2016 (Pamplona, Navarra), atentaron contra la libertad de una joven y ejercieron una violación en grupo. El caso fue catalogado como «abuso sexual» y no «agresión sexual», de ahí que la condena no entrara en lo que la acusación y Fiscalía exigían debido a un problema de forma de nuestra legislación. La sensibilización por este caso y las paradojas de nuestro sistema judicial, hicieron que millones de mujeres se lanzaran a la calle para «acoger» a la víctima que podría haber sido cualquiera de ellas o alguien cercano, así que se sucedieron una serie de movilizaciones, sin embargo, no llegó una condena ejemplar: 9 años de prisión para cada uno. Para sorpresa de muchos, tras 2 años en prisión, salta la noticia de que la Audiencia Provincial de Navarra ha puesto en libertad bajo fianza (6.000€) a esos cinco individuos.

Pues bien, esta última noticia, hizo avivar aún más a la sociedad que ya estaba caldeada con el caso. Se organizaron diversas concentraciones en diferentes partes del país, entre ellas, Sevilla (Plaza Nueva, 20h). Si ya de por sí impresiona ver las imágenes a través de la pantalla de las calles españolas llenas de empatía, no sabéis la emoción que se vive en vivo y directo. Mujeres (y hombres que apoyan la causa), que ante la injusticia de la sentencia y el sentimiento de desprotección, se unen para alzar la voz y que se las escuche de verdad, que la normalización cambie y se conciencie a la sociedad de que hay que denunciar y luchar por nuestros derechos.

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Dejando claro que lo peor no es que te pase, lo peor es que no te crean, de ahí el lema #HermanaYoSíTeCreo tras las críticas a la víctima y puesta en duda. Mujeres que se han adueñado del término “Manada” para defenderse y protegerse las unas a las otras: “Tranquila, hermana, aquí está tu manada”.

A pesar de las desgracias e injusticias, España es un país que sabe unirse ante la adversidad, la sociedad española siempre sabe sacar fuerzas de donde no las tiene para demostrar un enorme sentimiento de solidaridad y empatía, lo vemos casi a diario en sanidad con las donaciones de sangre y órganos; pero sin duda, este caso ha despertado a todo el mundo.

Entre mujeres siempre ha existido una rivalidad impuesta por ciertos cánones, llena de envidias y daño innecesario. Sin embargo, en la última década se ha creado una corriente de sororidad que está tirando por tierra todos esos clichés.

«Si nos tocan a una, nos tocan a todas».

El poder de la unión, del sentirse comprendida y reflejada en una «hermana», el saber que no estás sola y que esta vez irás acompañada a casa sin temor a que te asalten o tener que agarrar las llaves con fuerza y acelerar el paso con cualquier ruido o movimiento sospechoso a tu alrededor.

Despertar consciencias y actuar frente a la adversidad es el nacimiento del cambio, ahí está la evolución, en la calle, no en un sofá quejándote de lo mal que está el mundo y qué mierda de sistema tenemos. Las quejas no van a ninguna parte si se pierden en los posos del café.

Me entristece pensar que muchas veces el feminismo sea catalogado de feminazismo por gente radical que no apoya la causa ni la igualdad de la mujer, gente que no es capaz de informarse y prefiere seguir un rebaño de ovejas negras para que no desentone su color gris. Esto no es un odio a los hombres o erradicación de su rol en la sociedad, no señores, esto es un sentimiento de impotencia ante un sistema patriarcal que no concuerda con la sociedad que avanza y conoce sus derechos. Simplemente se lucha en primer lugar por un altavoz para llegar a todo el mundo y en segundo lugar para que las mujeres sean dueñas de su propio destino y no “el sexo débil” que estaba a la sombra del hombre. Las mujeres también tienen luz propia y hoy por hoy lo están demostrando. Si no quieres sumarte, al menos respétanos.

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No podemos cambiar este caso ni muchos otros que por desgracia ocurren a diario, pero sí podemos empezar a activar protocolos de prevención y protección. Así que para terminar con este post, quisiera dejaros varios enlaces para ampliar la información sobre el tema, entre ellos, os recomiendo un libro de Nuria Varela para los que como yo aún estamos aprendiendo sobre la materia:

  • Feminismo para principiantes – Nuria Varela.
  • Protocolo de Atención sanitaria a víctimas de agresiones / abusos sexuales (Protocolo Cantabria).
  • Guía de indicadores para la detección de casos de violencia sexual y pautas de actuación dirigidas a los Centros de Protección de Menores (Guía Andalucía).
  • Por una sociedad libre de violencia de género (Violencia de género – Gobierno de España)

 

Tempus fugit

Recuerdo cuando tuve que estudiar en mis años de instituto los tópicos literarios tempus fugit, carpe diem, locus amoenus, collige virgo rosas… en las asignaturas de Lengua y Literatura Universal. Una lista que me aprendía de memoria con la intención de aprobar un examen y sin ni siquiera prestarle demasiada atención al significado de cada expresión más allá de una pregunta de examen. Simplemente eran objeto de estudio de la época que memorizabas y soltabas de carrerilla en el examen y probablemente olvidabas con el tiempo… Porque desgraciadamente así ha funcionado nuestro “ideal” sistema educativo, donde prima más seguir subiendo escalones que el aprendizaje de cada movimiento y que según el funcionamiento de tu memoria calarían más hondo o no en ti esos fundamentos teóricos.

No obstante, con el tiempo te vas dando cuenta de que algunos de esos tópicos no eran meras expresiones que vomitar en un examen, sino que tienen un trasfondo real que se puede comparar con nuestro día a día; llegando a ser muy útiles de manera filosófica y reflexiva.

¿Por qué «tempus fugit»?

Digamos que nos encontramos en una etapa de cambios. En una etapa de introspección. De conocimiento de uno mismo y análisis de lo que se quiere y de lo que no se quiere en la vida. Porque a veces es más complicado definir lo que no queremos que lo que sí queremos.

Siempre dicen que para querer a otra persona en términos de pareja hay que aprender a quererse a uno mismo, la famosa autoestima. Pues bien, esta vez la cosa va más allá del amor propio, es una conexión con la razón que pocas veces queremos escuchar. El dilema de nuestra rutina. El qué hacemos con nuestras vidas cuando el reloj de arena se va quedando sin granos.

He aprendido que la mejor opción que se puede elegir es la de aprovechar esos granos para atascar el reloj y parar el tiempo. Crear un castillo de arena con los restantes y olvidarse del tic-tac por un momento. En este tiempo me he dado cuenta que el tiempo, valga la redundancia, se me ha escapado cada vez que me comparaba con los demás. Estaba más pendiente en ver lo que conseguían otros que en valorar lo que yo misma había conseguido sin ayuda de nadie y que al fin y al cabo desmerecía porque no era lo que todos acababan haciendo y era lo estipulado.

La vida me ha enseñado que eso es lo que fomentaba el tempus fugit, el pensar que las respuestas a mis preguntas me las daría el vecino cuando el principio y el fin quedan definidos si yo lo digo. Solamente yo puedo decidir sobre mi destino y el aprender a conocer mis límites y mis ambiciones me ha ayudado a entender que el tiempo es único e individual. A pesar de compartir o lamentar franjas horarias, existe un tiempo que los relojes no pueden manejar, el de nuestro corazón.

Ahora es el momento de poner las agujas al compás de los latidos y que la razón tome partido porque nosotros mismos somos el equipo que lo dará todo hasta en el tiempo de descuento. Quien celebrará las victorias, pero quien también tendrá la cabeza alta en las derrotas.

Ahora es nuestro momento.

Mamá

Tal vez el domingo de hoy esté plagado de flores y collares de macarrones en muchos hogares españoles. Desayunos orquestados por los más pequeños de la casa y dibujos o cartas escrita a mano como guinda de la jornada.

Hoy es el día de las protagonistas de nuestras vidas, hoy es el día de las que crearon un vínculo con nosotros antes de conocer lo que hoy llamamos vida real. Las mujeres que nos dieron la vida y que siempre estuvieron y estarán ahí sin condiciones y sin medida. Gracias por tanto, queridas madres.

No soy una persona que se deja guiar por el calendario, pero la verdad es que el día de hoy merece un post en su honor. Porque una de las razones por las que escribo tiene su origen en un día de la madre. Recuerdo que una vez llegué a casa del colegio con una poesía escrita en un trozo de papel rectangular y un pequeño dibujo, decía así:

Mi mamá es tan guapita, como una rosita, recién cortadita y regadita.

No era nada del otro mundo, pero fue especial y significativo por la fecha. Cuando vi que ese pequeño trozo de papel acabó en primera plana en la puerta del frigorífico a modo de trofeo, me hizo una ilusión tremenda, ya veis, con qué facilidad conseguían hacernos felices unos pequeños detalles en nuestra infancia.

Años más tarde y creo que ya tenía empezado mi antiguo blog de la adolescencia, le escribí un soneto que acabó enmarcado. Tal vez parezca una tontería, pero pensad que perfectamente lo podría haber guardado en una carpeta para desempolvarlo con el tiempo junto con otros recuerdos, pero no. Lo quería mostrar al mundo.

Y fue entonces cuando me di cuenta de que escribir iba a ser más que un hobby terapéutico para mí, que iba en serio y que tal vez el resto del mundo también querría compartirlo, de ahí que aquel blog empezase a llegar a más gente.

Así que gracias, mamá, por impulsarme de manera indirecta a seguir con mi sueño de ser escritora, gracias entre muchas otra cosas, pero sobre todo, gracias por ser mi madre. Te quiero.

 

Volar, lo que se dice volar…

Alguien dijo alguna vez que un avión es ese pájaro mecánico que vuela por el mundo transportando personas. Muchos lo consideran el medio de transporte más seguro, aunque por desgracia existan excepciones que nos sobrecogen el corazón.
Uno de los superpoderes más ansiados por el ser humano es la capacidad de volar: sentirse un dibujo animado en plena realidad, flotar y pasear con las nubes, dejando que el viento dirija nuestra travesía. Sentirnos libres en la inmensidad del cielo.

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Hoy por hoy he entendido que no hace falta levantar los pies del suelo para volar, que incluso viendo pasar los aviones a unos pocos metros de tu cabeza, con ese ruido impactante y esa fuerza que deja un olor a queroseno a su paso consigue hacerte sentir pequeña en medio de un trozo de tierra y entonces te das cuenta de que, a veces, las alas que parece que un día se cayeron o que alguien las cortó, simplemente permanecían dormidas aguardando el momento perfecto para alzar el vuelo.